Epifanía

No debería estar escribiendo esto, por muchas razones pero principalmente porque debo hacer reposo en la mano. ¿Reposo? ¿Mano? ¿Qué pasó? La vida, que una vez más me dio una dosis de mi propia medicina.

La verdad es que no hace falta ser tan trágica pero, como ya sabrás, soy actriz y me encanta la tragedia. Ayer mientras estaba caminando por San Telmo en el afán de hacer algo productivo el fin de semana, empecé a sentir las yemas de los dedos calientes en la mano derecha. Primero no le di bola y después, cuando ya se estaba volviendo incómodo, me vi la mano y vi un guante de látex inflado, ¡un horror!

Me empecé a asustar porque 1) no me había golpeado con nada, y 2) tampoco me había picado algo. Empecé a volver a casa, me compré algo para comer en el camino y llamé a mamá para avisarle que me iba a ir a la guardia a ver qué onda. La mano no se deshinchó con nada de lo que hice (hielo, agua, mano arriba), así que me fui a la guardia mientras en la 9 de julio pasaban todos los hinchas de Racing que iban a festejar al Obelisco el campeonato.

Llegué a una guardia llena de niños que dentro de todo se estaban portando bien, yo con la mano cual robocop en alto a ver si bajaba un poco la hinchazón y probando cada tanto si podía juntar los dedos. Spoilert alert: no. No podía cerrar la mano, juntar los dedos, no tenía fuerza para agarrar el celular… un panorama desesperante para mí que enseguida flasheo muerte y destrucción.

Entré al consultorio, el médico me revisó, me preguntó si me había golpeado o me había picado algo y cuando le dije que no me hizo una pregunta vital: ¿de qué trabajas? Esa preguntonta me hizo quedarme recalculando. Ya no soy más la chica del aeropuerto aunque estuve a punto de responderle que trabajo en Aeroparque. Tampoco soy la chica artista que está arriba de un escenario, aunque se me pasó por la cabeza decirlo. Lo que soy hoy es una asistente multiuso que trabaja en un escritorio escribiendo y, a la vez, tiene un emprendimiento para el que usa bastante el celular. Respondí algo así: trabajo en una oficina y uso mucho la compu y el celu para trabajar.

¡Eureka! Me dijo que siendo así era totalmente normal que mi bella manito sufriera del “Síndrome del túnel carpiano”. Apa la papa, ¿y eso con qué se come? Yo sólo había escuchado casos de gente grande que fue operada por eso (mi abuelo, unas conocidas de mamá, gente con “años” encima… muchos más que sólo 27) y me vi en un nanosegundo en un quirófano. Pero no, tranquila Pascualina que no es tan grave. El médico me dio unos ejercicios y un calmante para caballos, le pregunté si se podía poner peor y me dijo “si no haces lo que yo te digo, sí”.

Así que mientras volvía a casa hablé con jefe 1 y le comenté la situación, porque encima mi compañera de trabajo está de licencia así que la única que sabe cómo hacer el clipping de la mañana soy yo. Le propuse hacer el clipping desde casa o ir a la oficina, hacerlo y volver, y por suerte me dijo que si podía lo hiciera desde casa. Acá te das cuenta de que un toque imprescindible sos y, la verdad, se siente bien. Después le avisé a jefe 2 la situación (amo decir “la situación”) y me dijo que me recupere y descanse.

escritorio
Llegué a casa, probé mis dispositivos a ver si realmente iba a poder hacer el bendito clipping desde mi compu arisca (las Mac a veces no son muy amigas del resto de las plataformas), me tomé el calmante y me acosté a dormir, o a intentar dormir porque con la mano en alto se me complicó un poco. ¡Qué bronca tener que faltar al trabajo, hacer reposo y encima tener que estar pendiente desde casa! No me parece copado no ir a la oficina porque mi trabajo me gusta, ahora tengo más responsabilidades y la paso bien allá, siempre encuentro algo positivo a pesar de que el común denominador de todos es el cansancio.

Hoy me levanté, mientras prendía la compu me preparé el desayuno, la mano había bajado el nivel de hinchazón aunque seguía medio globo style, y empecé a intercambiar los rutinarios mensajes matinales con jefe 1 por el tema del clipping. Terminé todo relativamente temprano, lo mandé y empezaron los inconvenientes técnicos que finalmente entre mi otra compañera de trabajo y jefe 2 logramos sortear. Y acá fue donde sucedió la epifanía: ¡amé trabajar desde casa!

Si bien pasé por un momento de “lpm necesito estar en la oficina” porque las dificultades técnicas implicaron que mi compañera y jefe 2 tuvieran que entrar a mi compu, la realidad es que pude hacer todo sin problemas desde mi casa, con musiquita de fondo y el sol entrando por la ventana, en pijama y tranquila. Está bien, lo admito, en la oficina también pongo música de fondo pero el sol no entra por la ventana (se ve, pero no es lo mismo) y no puedo ir en pijama.

Muchas veces dije que amo estar en mi casa, amo aprovechar todas las cosas que afortunadamente tengo, y a veces quisiera tener más tiempo libre o repartirlo mejor para poder leer un poco más, ver más series, hacer más cursos. Agradezco todos los días poder tener una casa cómoda, una casa que es mi hogar en muchos sentidos. Con el tiempo también entendí que en ese afán de querer “hacer más” me estaba perdiendo lo que ahora puedo hacer, que no es poco.

Hoy al trabajar desde casa me di cuenta de varias cosas: 1) amo trabajar desde casa, 2) amo manejar mis tiempos, 3) quisiera poder manejar mi negocio desde acá como base de operaciones, 4) quisiera que mi negocio despegue, 5) sería hermoso poder cortar la rutina laboral con una caminata sin tener que poner el dedito delator en una máquina.

Así que acá estoy, nuevamente replanteándome cosas. Como si hiciera falta más.

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