Mi señorita Jovita

Todos tuvimos en la infancia alguna maestra a la que recordamos con cariño pero que en su momento no era precisamente nuestra maestra favorita. En la primaria tuve tres maestras: la señorita Claudia que daba Matemática y Ciencias Naturales, la señorita Mónica que daba Ciencias Sociales, y la señorita Jovita que daba Lengua. Calculo que habrán dado alguna otra materia más pero sinceramente no recuerdo cuáles.

Jovita era como una leyenda urbana dentro del colegio, todos le tenían un poco de miedo porque ella no destacaba por su dulzura, tampoco era Tronchatoro pero… Tenía su carácter y cuando se enojaba su cara se transformaba, todavía me acuerdo de esa expresión. Ella nos enseñó a leer y escribir en cursiva, se empeñó en hacer que leyéramos y aún recuerdo varios de sus ejercicios, nos hacía inventar historias y nos daba mucha tarea.

Con Jovita nuestra relación era de amor-odio, yo no era su alumna favorita pero era claro que me tenía aprecio. Su preferida era Carolina y lo hacía saber muy explícitamente, aunque Caro nunca hizo nada especial para ser la “elegida” y aceptaba con resignación el puesto que ocupaba. En los actos escolares ella era la Luna y el resto éramos las estrellas, no había forma de protagonizar algo si Jovita estaba a cargo del acto porque era seguro a quién iba a elegir.

Recuerdo que llegaba enojada a casa, incluso he llegado a llorar porque yo quería ser la luna y no una estrella. Quién diría que años más tarde mi apodo sería “Aya la estrella”, no? En fin, debo aclarar que Caro es mi amiga y con ella nunca me enojé, al fin y al cabo ella no tenía la culpa de ser la luna. Pero también me molestaba de Jovita que le encantaba decirme “Gracielita” aún a sabiendas de que yo odiaba (y sigo odiando) que me llamen por mi primer nombre.

Mi señorita Jovita era especial, creo que de haber tenido otra maestra de Lengua no habría aprendido tanto como lo hice con ella, de hecho es el día de hoy que aún me acuerdo las reglas gramaticales y tengo grabado a fuego el horror que le provocaban los errores de ortografía. Si para Gargano fui un “oasis entre tanta porquería” fue gracias a Jovita.

Mi mamá la amaba, para ella era un ejemplo de buena maestra y me alentaba a quererla porque “maestras como Jovita ya no quedan”. De grande siempre me dijo “tenes que agradecerle a Jovita que hoy te resulte fácil redactar”, así que hoy le doy la razón a la sabiduría de mamá y a su tremendo respeto por la señorita de Lengua.

Todavía recuerdo un ejercicio en el que teníamos que describir nuestras vacaciones soñadas y yo puse que quería viajar en el Titanic a “Maiami”, ella me corrigió y me puso “se escribe Miami porque es una palabra extranjera” y de ahí no me la olvidé más, yo no entendía por qué se escribía distinto pero nunca volví a escribirla mal. Y así con tantas otras palabras.

Jovita era una obsesionada con la buena ortografía, con que leamos bien y con que se nos entendiera la letra, tanto que una vez nos hizo llevar hojas caligráficas para hacernos escribir ahí porque notaba que varios chicos tenían problemas para escribir correctamente en el renglón. Yo nunca tuve problemas, por suerte mi letra siempre se destacó como letra linda, aunque la letra más linda del curso la tenía mi amiga la Colo.

No sé qué pasará por la mente de un niño, ya no lo recuerdo, pero sí recuerdo que le hacía cortar a mi mamá las mejores flores de mi jardín para llevárselas a la señorita Jovita, también les llevaba a las demás pero no con la devoción con la que elegía las flores para ella. Yo sabía que no era su favorita aunque formaba parte del círculo privilegiado de sus alumnos predilectos porque me gustaba escribir y lo hacía bien. Mis redacciones siempre se llevaban halagos y a cambio yo le llevaba flores y manzanas.

Hoy suena un poco a chupamedias, pero en esa época se usaba llevarle regalitos a las señoritas. Todos lo hacíamos y como mi mamá también es maestra ella sabía cómo hacerme quedar bien. A veces me daba un poco de vergüenza llevarles flores o manzanas, pero después me ponía orgullosa del beso o el apretón de cachetes que recibía a cambio. Cuando era chiquita todos estaban obsesionados con mis cachetes…

Me acuerdo con mucho cariño de mi señorita Jovita, un cariño especial que en su momento no le tuve, porque sé que gracias a ella pude destacarme en la universidad como buena redactora. Gracias a ella hoy no tengo errores de ortografía y gracias a ella tengo el hábito de buscar en el diccionario si hay alguna palabra que no sé escribir. Ella me enseñó lo de introducción, nudo y desenlace, poner el punto al final de la oración y empezarla con mayúscula.

Tenía muchos lápices y fibras de colores porque a la primera letra de cada oración había que ponerla con color y en mayúscula. Ella agarraba nuestros cuadernos para corregir y cada tanto escribía alguna notita alentadora para que llevemos a nuestros padres. Mis cuadernos estaban llenos de notitas cariñosas y halagos respecto de mi escritura. En eso Jovita nunca tuvo drama, así como tampoco para decir en las reuniones de padres que yo era una nena muy aplicada pero que me encantaba charlar en clase.

Tuvimos a Jovita en primero y segundo, en tercero no sé por qué ella no estuvo, pero en cuarto y quinto la volvimos a tener. Cuando pasé a secundaria la veía muy poco, nosotros cursábamos en el primer piso y cuando íbamos a planta baja los chicos del primario estaban en clase. Las veces que me la crucé siempre me saludó muy amorosamente, si tuvimos nuestras diferencias después nunca se notó.

No sé qué será de la vida de Jovita, calculo que ya se habrá jubilado. Me gustaría mucho volver a verla y agradecerle todo lo que hizo para que saliéramos buenos, sobretodo por haberme inculcado el gusto por la lectura y la buena escritura. Donde quiera que estés Jovita:¡gracias por todo!

Por cierto, me pregunto cómo manejará el tema de que hoy en día ya no se escriben los dos signos de admiración y de interrogación como corresponde…

Acá no estaba Jovita pero era de esa época

Acá no estaba Jovita pero era de esa época

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