Bloody Aya

Hoy mientras “trabajaba” (aclaro: no había ni un alma en el stand, los tel. estaban descompuestos asi que no sonaban, por eso) me puse a buscar un poco de historia de los reyes, principalmente los ingleses, dado el Oscar de anoche a El Discurso del Rey.

Debo comentar, al margen de lo que seguirá en el post, que el hecho de que haya ganado Colin Firth como mejor actor me parece estupendo, y me puso taaan contenta que hasta no me pude dormir (mentira, no pude dormir porque fui una marmota todo el día tirada en la cama y a la noche me pasé de rosca). Igual no me arrepiento de mi fiaca diurna, porque a la noche pude ver por primera vez el final de Sherlock Holmes.

En fin, sigamos. Creo que alguna vez comenté que me fascinan las historias de la realeza, de hecho cuando era chiquita soñaba con casarme con un príncipe (más precisamente William, afanado ahora por la urraca de Kate -mentira, te queremos!-) pero no por otra cosa que no fuera por la boda real. Hoy en día pienso que puedo tener algo muy similar casándome con un militar, pero bueno… eso es otra cosa.  Después las cosas de la vida me llevaron a ampliar mi horizonte “realístico” (no existe, y qué?) cuando se casó Máxima, con Le Roi Soleil (los tengo podridos, “las mucamas lo dicen”) y demás.

Así que hoy, como ya comenté, aburrida en el stand y luego de haber cargado mínimo 20 memos de seguridad, me puse a buscar y nuevamente en el blog de Alicia encontré info copada, además de que no me sentí sola en mi fanatismo real. Llegué a la conclusión de que la realeza es complicada para todo: tener título, casarse, divorciarse, tener amantes, amigos (si los tuvieron alguna vez en la antigüedad), y hasta las relaciones dentro de las familias eran un alto merequetengue. Si se odiaban entre ellos a veces, cómo habrán sido con los demás. Pero no voy a negar que es un mundo fascinante, todos esos enredos que parecen sacados de novelas mexicanas, llenos de engaños, mentiras, asesinos, y por qué no, la tonta plebella que se convierte en princesa o el estúpido príncipe enamoradizo que se casa con la más yegua.

Creo que los historiadores deberían armar un buen compilado con la historia de las distintas casas reales, es decir, como un pequeño Larousse ilustrado sobre cada corona, sus historias, chusmeríos, entre otras cosas. Sería la colección de libros que mi futuro marido podría regalarme para nuestro aniversario, y digo futuro marido porque de acá a que alguien arme algo así seguramente va a pasar mucho tiempo. Se hacen investigaciones tan copadas para armar películas, que como decían en un programa de chimentos: “el público quiere saber”. Estoy segura que no voy a ser la única loca en comprar algo por el estilo, de hecho, creo que podría llegar a ser un best seller.

La estoy delirando, demasiado, creo que el sándwich aeroportuario me pegó mal, porque estar más tiempo del que debería un 28 de febrero adentro de la biblioteca de la facultad para escribir un post sobre lo que deberían hacer los historiadores, no es muy normal que digamos. Pero qué va, yo normal? Jamás!  

Sin más me retiro atentamente,

Yo, el chapulín colorado.

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