Mala pasada

Vengo lento con los relatos de viaje porque mi vida, desde que llegué, está pasando por un lento proceso de readaptación en el que tengo hasta un placard desarmado en el comedor de mi casa. Todavía no logré organizarme y la vida sigue girando, así que hasta que todo esté más o menos en orden no voy a poder sentarme tranquila a escribir sin sentir que me falta algo por hacer. Pero ahora necesito contarte la mala experiencia que tuve ayer y que me dejó pensando. 

Resulta que ayer tuve un curso muy necesario para mi vida profesional, en un lugar precioso en algún rincón de Caballito. Salí feliz, llena de ideas, de ganas, contenta porque había sol y el clima estaba lindo, así que decidí irme caminando hasta el subte para cargarme de energía natural mientras escuchaba The Beatles.

Como mi sentido de la orientación en lugares desconocidos es bastante precario, al llegar a una plaza saqué el celular y me puse a buscar en Google Maps dónde estaba para ver cuánto más tenía que caminar para llegar al subte. Yo estaba tranquila, cantando, totalmente en otra, cuando de repente una moto pasa muy al lado mío y me arrebatan el celular.

Me quedé parada sin reaccionar hasta que me di cuenta de que me habían robado y empecé a gritar, a temblar, mirando fijo a la moto que aceleraba y me hacía imposible siquiera intentar correrla. En un segundo dos personas, trasgrediendo toda norma al subirse a la vereda con total impunidad, me robaron algo que tanto me costó conseguir.

Un señor me tiró data de los motochorros, me dijo que eran dos y me ayudó a tratar de recordar cosas mientras me tranquilizaba un poco. Dos personas con casco arriba de una moto tipo cross blanca. Este mismo señor me ayudó a orientarme, porque a todo esto yo seguía sin saber dónde estaba exactamente, y un chico en la parada del bondi me prestó su teléfono para llamar al 911.

La policía justo no estaba en la plaza, los tuve que llamar 3 veces hasta que por fin llegaron, pero afortunadamente cuando lo hicieron me trataron muy bien, me preguntaron si me habían golpeado y si quería que llamen al SAME. Como yo estaba bien, sólo un poco nerviosa, les dije que no y que quería realizar la denuncia, así que me llevaron en patrullero hasta la comisaría y ahí esperé hasta que por fin pude dejar todo asentado.

Una mención aparte se merecen las dos señoras que me fueron a ayudar al verme nerviosa al frente de la escuela en donde me dijo que espere el primer señor que me ayudó. Ellas se acercaron a mí, me preguntaron si estaba bien, si necesitaba comunicarme con alguien, me prestaron su celular para llamar nuevamente al 911 y para bloquear mi teléfono con Personal. Sin ninguna necesidad me ayudaron, me apoyaron, se quedaron conmigo hasta que llegó la Policía, me tranquilizaron y se portaron como se portan los amigos.

Al llegar el patrullero las abracé a las dos porque no sabía cómo agradecerles que me hayan acompañado. Cuando te pasan cosas así y encontras a gente buena que te ayuda, lo malo se suaviza y la experiencia queda teñida de gris en vez de negro. Yo estaba feliz y me arrebataron el celular, que frente a otros delitos no es nada pero que en el momento para mí fue todo porque nunca me imaginé que fuera a pasarme.

Así que ahora agradezco que haya sido sólo el celular, que no me hayan hecho nada y que la suerte/destino/vida/loquesea me haya puesto en el camino a esas personas en el momento preciso. Afortunadamente yo estoy bien, la pérdida la cubrí en la misma tarde y ya todo volvió a la normalidad, aunque me quedó un poco de cagaso y ahora lo pienso dos veces antes de sacar el celular en la vía pública.

Y yo me pregunto por qué tenemos que vivir así, con miedo a perder lo que nos cuesta, con miedo a que nos pase algo a cada cuadra que hacemos, con ese temor a que salís pero no sabes si volvés. Por qué tenemos que aceptar que la Policía no va a recuperar tus cosas, que los motochorros van a seguir estando, que somos seres vulnerables antes la habilidad de personas que buscan hacer el mal por unas cuantas pesetas. Porque yo no tenía un iPhone último modelo, tenía un celular medio pelo que en comparación no es nada, pero te lo roban igual, te lastiman la sensación de seguridad, te ultrajan sin tocarte porque te arrancan algo que es tuyo.

Ojo, no estoy diciendo que la gente con iPhone se merezca el robo, para nada, pero que se entienda el punto de que ya roban cualquier cosa. Agradezco no haber tenido cartera porque me la sacaban también. Y digo, ¿por qué tengo que pensar qué ponerme en función de lo peligrosa que está la calle? ¿Por qué tengo que avisar cada vez que llego a mi casa para que mis amigos se queden tranquilos? ¡¿Por qué no puedo escuchar música en paz si se me da la gana?!

Una nota de color fue que mientras estaban tomándome declaración se acerca un chico y le dice a la oficial que por medio del GPS del celular había encontrado dónde estaba, así que quería saber si lo podían acompañar a recuperarlo o tenía que ir solo. La chica le respondió que tenía que tomarle declaración para elevarlo a la Fiscalía y que ahí ellos les iban a indicar cómo proceder, si lo iban a buscar o no. O sea, quizás en unos cuántos días vemos si te arreglamos el asunto. Ahí perdí toda esperanza de recuperar mi celu, y me fui un poco más tranquila sabiendo que el sistema es como mi casa: un caos en vías de reparación.

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