Cuando empezás a aceptar

Dicen que con los años todo te empieza a importar un poco menos: la mirada del otro, el error cometido, los sueños frustrados. Ya no pensás tanto en eso que te falta y te dedicas a caminar, disfrutando cada vez un poco más el presente, porque de alguna u otra forma te fuiste dando cuenta de que justamente el hoy es lo único que no vuelve.

 

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No es que yo tenga esta etapa superada, pero siento que ya estoy transitando por ella. Sé lo que quiero, cómo lo quiero, cuándo lo quiero. Sé que soy capaz de obtener todo lo que me proponga si realmente así lo deseo, y voy aceptando lentamente que lo que soy no puede ser otra cosa más que yo.

Soy morocha, soy petisa, soy caderona, tengo una sonrisa enorme y no puedo estar seria mucho tiempo, tengo alma de vieja, soy apasionada por lo que me gusta. Soy un cúmulo extraño de cosas que puede parecer que no se relacionan entre sí, pero en mí lo hacen y de una forma espectacular. ¿Por qué? Porque me hacen feliz.

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Ahora es sábado a la noche, cenamos temprano y me puse a acomodar un par de cosas para mañana. De fondo suena Joni Mitchell y siento una paz abrumadora, un momento en el que sólo me haría falta un poquito más de frío en el ambiente, pero que me pone en estado de armonía. Tengo al lado un cuaderno y un libro. En breve me voy a ir a preparar un té, regalo de una compañera de elenco que me sorprendió y agradezco enormemente.

Estos pequeños momentos en los que en otra época me hubiera deprimido porque nadie me habla por WhatsApp, ni siquiera los grupos están activos porque la gente “normal” sale o tiene vida social ao vivo, son momentos que me encantan. Mañana trabajo, así que prefiero esto. Me hace bien esto. Y ya no me importa si al otro le gusta o no esta forma de vida casera que tengo, no me preocupa si me tildan de vieja, si en mi casa me visto como indigente y armo un clima pseudo-depresivo con música tranqui de fondo. Me preocupa estar bien. Sentirme bien. Hacer cosas que me hagan bien.

De todas formas no es algo que llega como una iluminación divina de un día para el otro, el estado de armonía interna se construye día a día, a veces más y a veces menos. No soy una persona cuya paciencia es arrolladora, todo lo contrario, pero cuando estoy así siento que puedo cargar con todos los problemas del mundo, aunque por un segundo prefiera sacarme la mochila de la cotidianidad y respirar. Estar acá, conmigo, tranquila.

unplug

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