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Mi vida, hoy.

Hace tanto tiempo que no escribo en el blog que ya no sé cómo se hace, creo que en todo este tiempo ni siquiera le dediqué tanta energía a la escritura en papel porque el tiempo me apremia y entre los parciales y el trabajo ya ni quiero estar en la compu cuando vuelvo a casa.

En abril cumplí 25 y me olvidé de hacer el post alegórico, no lo voy a hacer hoy, pero sí me gustaría reflexionar sobre cómo ha cambiado mi vida en todo este tiempo, más aún en el último año.

Toda mi vida hice lo que quise, en el buen sentido, gracias a que mi familia siempre me apoyó en cada cosa que se me ocurría hacer. Fui a ballet, flamenco, jazz, coro de niños, teatro, natación, aquagym, salsa, computación, inglés, portugués, piano, taller de arte, vendí Amodil, participé en cuanto acto escolar hubiera, viajé, visité museos, fui al teatro, me fanaticé con los musicales, con artistas, me nutrí de todas las cosas que me gustaban porque afortunadamente conté con el sostén de mis papás.

Si quería un libro mi mamá me lo compraba, y si no estaba en Villa mi papá me lo traía de Buenos Aires. Siempre apoyaron mi locura artística, me llevaron a todos lados, me acompañaron a reuniones, se ocuparon de que pudiera disfrutar de todo con la responsabilidad de estar ahí para cuidarme.

Y así fui creciendo hasta que me fui de casa, una decisión que no fue fácil para ninguna de las dos partes. Tanto mamá como papá tenían su vida acomodada según mis horarios, y yo estaba muy acostumbrada a llegar a casa y tener la comida lista, la ropa lavada y planchada, y un chofer que me llevara a todos lados. Y por chofer me refiero a mamá y papá.

De un día para el otro tuve que aprender a perderle miedo al subte, a tomarme un colectivo (porque en mi ciudad no había colectivos de línea), a leer un mapa y a entender la Guía T (en la época en la que el celular sólo llamaba o mandaba mensajes), a cocinarme, a plancharme la ropa, a manejar un presupuesto. Mientras que ellos tuvieron que aprender a tener todo el tiempo libre disponible para hacer lo que quisieran, a llenar esas horas con otras cosas que no fueran yo, y a descubrir qué otras actividades podían hacer y nunca habían podido por falta de tiempo.

En la universidad mi mundo de 2×2 se amplió a límites insospechados. Me empecé a rodear de personas de distintos lugares de Argentina, de distintos barrios de Buenos Aires, gente que viajaba hasta 2 horas para poder llegar a cursar. Ninguno trabajaba, eramos todos nuevos, algunos habían estudiado otras cosas y se cambiaron de carrera, pero todos nos amalgamamos hasta ser un grupo. Fuimos un grupo grande al principio, que se redujo a una pocas personas al final de la carrera.

De pronto me encontré soñando con traspasar las fronteras de mi país, con hambre de mundo, con ganas de conocer otras culturas, otras formas de ver la vida. Y lo hice, viajé dentro y fuera de Argentina y me nutrí de cuanto pude para enriquecer mi alma.

Empecé a trabajar y el derecho de piso que tuve que pagar fue muy largo y doloroso. Al principio me lo banqué estoicamente hasta que se hizo casi insostenible, pero mi hermano me apoyó y me ayudó a seguir, a resistir, a buscarle el lado positivo a la experiencia. Realmente fue duro, tuve momentos en los que sufría tener que levantarme temprano o el sólo pensar que al otro día tenía que ir a trabajar me angustiaba. Hasta que me adapté a esa forma de trabajo y respondí de la misma manera.

Trabajé así por un tiempo, aunque al volver de viaje no lo aguanté más y empecé a tirar CVs por todos lados. Nadie me llamaba, sólo uno y sin resultado favorable. Intenté pero no lo conseguí, y me dije que si mi destino era tener que quedarme tendría que poner lo mejor de mí para que se termine lo que me molestaba, para imponerme y hacerme respetar, y que si no empezaba a tomarme el trabajo con alegría y buena onda, dando siempre el 100%, no valdría la pena tanto sacrificio. Y lo hice, cambié 180º y lo notaron. Empecé a sentirme más cómoda, me dieron más responsabilidades, de pronto ya me encontraba capacitando a compañeros, y así seguí hasta que vino la oportunidad de crecer.

Crecí, y el cambió fue raro. No malo, ni duro, ni traumático. Raro. Porque tendría que controlar a la misma gente con la que compartía turno, compañeros de años cuyas manías yo ya conocía pero no sabía cómo manejar. Me costó 3 meses darme cuenta de lo complicado que era coordinar un grupo, entender la dinámica de la gente, hacerme respetar como alguien que está a cargo, y sobre todo creerme mi papel de responsable. Tanto me costó que al final no quedé definitiva y volví a mi puesto anterior, después de mucha frustración por no poder ser perfecta, por haber “fracasado” en algo que yo quería conseguir, y porque fue el primer gran golpe profesional de mi carrera. Mi jefa se ha portado fantásticamente conmigo, no me puedo quejar, y mis compañeros me dieron un apoyo que, si debo ser sincera, no me esperaba. Ahora tengo que continuar en esto hasta que surja otra cosa, tragarme el orgullo y enfrentar todo consciente de que lo di todo, todo de mí para que esto funcionara, pero no fue suficiente. Yo no fui suficiente, por primera vez.

Hoy tengo proyectos personales, tengo ganas de volver a viajar, estoy bastante conforme con mi presente porque a pesar de todo me gusta mi trabajo y amo mi carrera. Agradezco todos los días al universo por haberme dado la posibilidad de estudiar acá mi vocación, y me levanto contenta todos los días sabiendo que poco a poco voy encontrando la estabilidad que estaba buscando. Mi vida personal no tiene mucho margen de existencia, voy del trabajo a la facu y de la facu a dormir, los findes ensayo y me junto con unas amigas, así que descanso cuando queda un poco de tiempo y salgo cuando algunas de mis dos grandes responsabilidades me dejan.

Aún así creo que mi presente es mejor de lo que habría podido imaginar hace 10 años, porque hago lo que amo, vivo donde quiero, mi familia sigue apoyándome y mis amigos están como siempre al pie del cañón.

2 comentarios en “Mi vida, hoy.

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