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Sensaciones

Hay sensaciones que quedan tan grabadas en la piel que cuesta olvidarlas. Puede ser que te acuerdes de una comida, de estar en determinado lugar, o qué sentiste la primera vez que viste a alguien, lo importante es que eso te caló tan hondo que ahora forma parte tuyo y en algún momento de la vida habrá algo que te hará recordarlo.

Esta semana, por ejemplo, me pasaron cosas que por un segundo me hicieron volver a mi viaje a Europa y te digo la verdad, la sensación que me deja es como un cosquilleo en la panza un tanto nostálgico, porque me da ganas de volver.

El martes cuando salí de la facu me tomé un colectivo que pasa por el MALBA. Justo una cuadra antes de llegar al museo hay un edificio con ventanas inglesas y enredaderas en las paredes que siempre me llamó la atención porque las ventanas no tienen cortinas y se ve un escritorio con una lámpara verde. No sé por qué, pero este martes al verlo me acordé de uno de mis paseos en colectivo por Londres, cuando vi un edificio similar y me imaginé que ese escritorio era de un investigador estilo Sherlock Holmes.

Me había olvidado de esa sensación de intriga que me agarró aquella vez, es raro porque paso bastante seguido por este edificio y por lo general voy distraída, de hecho este martes estaba hablando andá a saber de qué con el profesor que se toma el mismo colectivo que yo, pero esta vez se me vino esa sensación a la mente, así que inconscientemente dejé de prestarle atención por un momento y me abstraje. Fue un microsegundo en el que me invadió la intriga sobre quién vivirá ahí, por qué no le pone cortinas a las ventanas, qué pasa con esa luz que nunca se apaga, y qué libros habrá en la biblioteca que seguro ocupa toda una pared. Me gustaría poder entrar y sacarme la duda, porque para mí en esa habitación hay alguien resolviendo un crimen…

Otro momento de abstracción tuve el miércoles cuando iba caminando a la parada del colectivo para ir a la facultad. Había sol, estaba templado y al mirar para arriba vi que en un balcón de la avenida había una flor roja. Sentí una brisa y de pronto me agarró la sensación que me dio la primera vez que salí al balcón en París. Me acababa de despertar de la siesta luego de toda la movida que tuve que hacer para llegar al hostel, y la primera imagen que tuve de la ciudad fue a través de ese balcón. El cielo estaba color lavanda (típico cielo post lluvia) y se respiraba un aire denso con aroma a flores y a tierra mojada.

El hostel está ubicado en una zona residencial a las afueras de la ciudad, entonces todos los edificios alrededor eran bajos y había varios negocios de barrio. Como era de tarde el hostel estaba casi vacío, en mi cuarto no había nadie y tenía que comprar provisiones para desayunar esos días, así que aproveché a disfrutar de la soledad del living y después salí a tratar de comprar algo. Y digo tratar porque era mi primer contacto con un comercio francoparlante, pero todo resultó mejor de lo que esperaba, me hice entender con el vendedor y llegué a sentirme como en casa, donde el almacenero me conoce y los vecinos me saludan. Eran extrañamente amables en ese almacén donde vendían de todo, y al ver esa flor roja en el balcón volví a sentir la sensación de familiaridad que uno siente cuando, aún estando tan lejos de tu casa, estás bien.

Así que como te darás cuenta, son pequeñas cosas las que me transportan. A veces parece que no estoy prestando atención al aquí y ahora pero es justamente porque mi mente viaja sola, me lleva de nuevo a otros lugares. Por ejemplo, cada vez que escucho Fleet Foxes siento que camino perdida y muerta de frío en el sur, cuando siento olor a asado en la calle me parece que estoy en un hostel, y el aroma a flores en las esquinas de la ciudad me llevan de nuevo al patio de mi casa en verano.

También la gente me provoca esto. Cuando hablo con mi amiga Vicky siento que aunque estoy en Argentina con ella vuelvo a Le Pain Quotidien en Londres, y que si salimos del café nos vamos a encontrar con un bus rojo. Puedo llegar a abstraerme mucho cuando me pongo a charlar, olvidándome del afuera y de otras personas. Particularmente me gusta discutir, pero no mal, sino el intercambio de opiniones con personas que entienden de lo que hablo, que tienen la valentía de defender su postura, y que me ayudan a ver otros puntos de vista. Me gustan las charlas de igual a igual, no me gusta jugar a la maestra siendo yo siempre la que aporta algún dato de color, por eso cuando encuentro gente así me parece fantástico.

Creo que no soy la única que siente todo esto, es como si fuera un déjà vu constante, no sé cómo explicarlo. Me gustaría saber qué opinas, si te pasa lo mismo o si considerás que estoy para un buen análisis psiquiátrico, ¡jajaja!😀

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