Ser profesora algún día

Cantidad de libros que enseñar

Cantidad de libros que enseñar

Hoy llegué temprano a la clase de italiano y, como me pasa siempre, me quedé mirando el pizarrón vacío. Sin poder contener el impulso me paré y fui hacia él, escribí una palabra y al instante la borré. Le confesé a mi compañera que siempre quise ser profesora de algo, no importa de qué, pero me gustaba la idea de enseñar algo.

Pasó la clase y mientras caminaba a mi casa me puse a pensar en todas las veces en que me imaginé dando charlas en mi escuela, no en otra, en la mía. Nunca supe por qué no podía imaginarme dando clases en otro lado, creo que porque le tengo un cariño muy grande  mi escuela y quisiera devolver algo de todo lo que aprendí ahí.

No estoy capacitada para ser profesora porque el título de licenciada no me habilita, y aunque lo hiciera no sé qué podría llegar a enseñar. En caso de dar charlas me gustaría brindarlas en escuelas secundarias, siempre me interesó la idea de ayudar a los chicos a entender que no importa la carrera que elijan, siempre la podrán cambiar y aunque la terminen y no les guste siempre pueden ejercer otra cosa.

Enseñar tiene algo que va en la sangre, hay gente que lo hace con pasión y otros que lo hacen por obligación. La diferencia entre ambos es abismal, el que enseña con pasión entusiasma a sus alumnos con su propio amor por lo que enseña, mientras que el que lo hace por obligación contagia el tedio por lo que trata de que sus alumnos aprendan. Me pasó de tener profesores de materias pesadas que con su pasión hicieron que me guste lo que daban, y otros que con mis materias preferidas hicieron que las terminase odiando.

Por eso creo que me gustaría dar charlas, preparar clases una vez por semana sobre temas que me gustan y contárselos a los demás para que se apasionen o les de curiosidad. Musicales y libros, eso enseñaría. También sobre comunicación y redes sociales, aunque no soy ninguna experta. Me encantaría poder enseñar sobre comunicación.

Aunque el tema de la paciencia es clave y yo, día tras día en el aeropuerto, la he perdido. Un profesor sin paciencia es un profesor que detesto, porque hay cosas en las que algunos son rápidos y a otros les cuesta más, y si a eso le sumas el profesor impaciente que no entiende cómo vos no le entendés, es horrible.

Por lo pronto, mi “ser profesora” se queda en mis amigas alumnas, en mis lectores dedicados, en mi familia, en mi sobrino. Para más, no sé si doy.

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