Mi familia

Si algo debo agradecer en esta vida es la familia que tengo. Aún cuento con mis 4 abuelos, que aunque achacados ahí están, no los veo seguido por cuestión de distancia pero sé que están y eso me hace bien. Mis padres siguen juntos después de 33 años, aguantándose a pesar de todo, y aguantándonos por sobre todo. Mi hermano se casó y tuvo un hijo, y yo sigo igual que siempre ocupando el mismo lugar en la familia.

Papá y mamá

Papá y mamá

Tengo sólo un tío de sangre por parte de padre, mi tía lamentablemente falleció hace unos años por un accidente automovilístico que me afectó demasiado a pesar de no haber tenido relación con ella. Quizás por eso me afectó más, porque nunca tuve la posibilidad de formar un vínculo. Por parte de madre no tengo tíos directos porque mamá es hija única, pero sí tuve una tía que fue casi como una segunda madre y perderla fue el golpe más grande de mi vida.

Mis primos son muchos, sólo 3 son directos y tenemos una relación estacional. ¿Cómo vendría a ser ésto? Pues bien, cuando nos vemos hablamos, sabemos cómo está cada uno, pero no somos como hermanos. Sólo uno de ellos se mantiene en contacto permanente con mi papá, pero con nosotros (Jorgito y yo) la relación es un poco más lejana, no mala, sino distante.

Mis abuelos por parte materna viven al lado de mi casa, lo que para muchos puede ser un golazo pero en realidad no es lo más indicado. ¿Por qué? Porque los ancianos son complicados, y mis abuelos tienen un carácter… polémico. La relación de mis abuelos con mi mamá no es mala pero tampoco es la mejor, ellos son muy orgullosos y mi mamá tampoco se queda atrás, se han peleado y con mi hermano servimos como árbitros porque, al fin y al cabo, son lo único que se tienen. Mi abuela tiene dos hermanos que los visitan seguido, mi abuelo tiene más hermanos pero de sus nombres ni recuerdo. La única hermana de mi abuelo que siempre estuvo con nosotros fue mi tía Rosa, la que te conté que fue como una madre, pero con su partida mi abuelo se refugió en los parientes de mi abuela porque los suyos, bien gracias.

Mi relación con mis abuelos es rara, no es de cuentos pero tampoco es mala. Mis abuelos paternos viven muy lejos, en Chaco, por lo que los veo muy de vez en cuando y ahora que trabajo en Buenos Aires me cuesta más poder viajar. Ellos saben de mí a través de mi papá, los quiero mucho y me duele no tener una relación más cercana, pero las cosas se dieron así y ni ellos ni yo tenemos la culpa. Por otro lado, mis abuelos maternos viven al lado de mi casa y eso ha sido complicado porque yo nunca fui muy pegada y ellos tampoco, repito: tienen un carácter especial que a veces, para no enojarme, prefiero evitar.

A pesar de todo, con ellos tengo una buena relación, bastante estrecha, ellos saben de mí a través de mí y de mi mamá, y yo sé de ellos a través de mi mamá porque es muy raro que ellos me llamen, generalmente llaman a la casa de mi hermano. Mi abuela siempre tuvo una predilección especial por Jorgito, creo que es porque al no haber tenido un hijo varón mi hermano suplantó esa falta y lo adoptó como si fuera suyo cuando en realidad es de mi mamá. Ese amor que mi abuela siente por mi hermano ha sido motivo de conflicto con mi mamá y conmigo, ambas celosas aunque por motivos diferentes.

A mi mamá le molesta que mi abuela trate a mi hermano como un hijo, y a mí me molesta que no me trate de la misma manera que a él. Jorgito no se da cuenta, o sí pero se hace el tonto, pero yo sentí esa diferencia toda la vida, aprendí a convivir con eso, y si bien con mi abuelo la cosa es al revés, yo siempre quise que mi abuela me quiera como quiere a mi hermano. No dudo de su amor por mí, pero sé que no es el mismo.

Cuando era más chica lloraba, he llegado a recriminarle muchas veces la notable diferencia que hacía entre ambos, pero como la discusión siempre terminaba mal aprendí a convivir con eso, a tomarlo con gracia, y ahora ya no es como antes porque, para desgracia mía, al nacer Benjamín tuve una nueva competencia y cómo luchar contra un bebé cuando yo también estoy como embrujada por su encanto.

Mi papá es quien la pasa peor en todo esto, porque no sólo tiene sus problemas familiares sino también tiene que lidiar con los de mi mamá, y todo por el simple hecho de que viven al lado. Mi mamá se enoja, mi papá se enoja porque mi mamá se enoja, yo me enojo porque ellos se enojan, y Jorgito pone paños fríos porque él no se da cuenta de la magnitud de esos enojos. No es que él esté ajeno a todo, al contrario, sabe muy bien lo que pasa, pero prefiere no meterse.

Así y todo nuestra vida no es un caos, a pesar de todos los conflictos naturales de toda familia siempre estamos juntos. En las adversidades sé que tengo a mis papás y a mis abuelos, y en las alegrías estamos todos al pie del cañón para comer y festejar. Porque en mi familia si se festeja hay comida, de eso no hay dudas.

No creo que exista en este mundo una familia sin conflictos, la familia perfecta de la publicidad de jabón no existe, y creo que sería bastante aburrido estar en una constante armonía porque sino ¿de qué hablas?

Me acuerdo cuando Jorgito tenía que pasar por el proceso de presentar a sus novias, mi mamá siempre fue macanuda, yo un poco jodida, pero el problema era la abuela. ¡Qué quilombo si la abuela no aprobaba a la señorita! Ha hecho sus comentarios sobre otras, pero afortunadamente cuando le tocó el turno a Lidia quedó encantada. No sé si es que, en el fondo, ella sabía que Lidia era la indicada y que pese a sus objeciones Jorgito estaba convencido en llegar hasta las últimas consecuencias con ella o qué, pero mi abuela se enamoró de mi cuñada y la trató desde un principio como una nieta más.

Me pregunto qué pasará cuando me toque el turno de pasar por ese filtro y tenga que presentarles un novio. Debo confesar que al momento de analizar un candidato muchas veces pienso en qué pensaría mi abuela, porque de mis papás ya tengo los prototipos que ellos no aprobarían ni locos: demasiado tatuados, con rastas, bohemios, rockeros, fumados, de pelo largo, motoqueros, extremadamente hippies, etc., etc., etc.. Pero bueno, si vamos al caso tampoco son los chicos que yo elegiría, así que la lista que me dejan es bastante acotada. Por suerte tengo bien en claro que la que elige soy yo, y de última la que va a convivir con ese loco es la que elige así que…

Pero volviendo a la familia, todos tenemos anécdotas que contar. Voy a hablar de mis abuelos maternos porque, mal que me pese, a mis abuelos paternos los veo muy poco y el trato que tenemos siempre es bueno e idílico porque no está empañado por la cotidianidad.

Mis abuelos no son de esos que regalan plata o que te dan todo eso que tus padres no, ellos siempre fueron protectores y defensores conmigo y con mi hermano, pero su forma de darnos todos los gustos se traduce en cocinarnos nuestras comidas favoritas y llenarnos hasta que el estómago no da más. Ellos tienen la obsesión de que si no comes con pan no estás comiendo bien, de que un plato no es suficiente y de que mientras más pesada y consistente sea la comida, mejor. Recién ahora que la vida les está pasando factura aprendieron a comer sin sal y sin tanto aceite, aunque he de decir que tampoco es que comen demasiado sano que digamos.

Todo ese amor por la comida fuerte lo heredó mi mamá, pero al revés. Mi mamá es de esas personas fanáticas de la dietas, de la vida sana y de las verduras. Como tiene problemas endocrinólogos y tendencia a engordar, se cuida demasiado, hace ejercicio, sale a caminar, lleva una vida por demás cuidada y trata de obligarnos a Jorgito y a mí a seguir su ejemplo. Mi mamá y mi papá en eso son tal para cual, aunque mi papá necesita que un análisis le salga mal para darse cuenta de que debe comer mejor, y cuando eso pasa es por demás de estricto.

Papá y mamá son disciplinados, caminan todos los días, comen sano, y se desesperan porque Jorgito y yo somos bastante lo opuesto a eso. Yo detesto las verduras, me dan asco, no las como si no están cocinadas, mi hermano sí pero no es su comida favorita y él detesta los tomates. Lo bueno es que él tiene la ayuda de mi cuñada que le cocina y lo ayuda con la dieta para estar en forma porque los últimos análisis no salieron muy bien, pero yo que tengo que cocinarme estoy en el abismo.

Mamá es tan obsesionada con que nos veamos bien que lo primero que ve cuando nos viene a visitar es cómo estamos de contorno. La segunda pregunta después de “¿cómo estás?” es “¿cuántos kilos bajaste ya?” y ahí comienza nuestra pelea. A mí me molesta que me controlen, que me saturen con el tema dieta, tuve que convivir con mis caderas toda la vida como para encima sumarle la tortura del pajarito diciéndome qué debo y qué no debo comer. Siempre nos peleamos por lo mismo, porque ella espera que yo haya bajado de peso y yo voy lento en el proceso.

La entiendo, porque yo siento lo mismo, no estoy bien. Pero con que yo lo sepa creo que es suficiente, no necesito de nadie que me lo repita cada 5 minutos, entonces ahí es cuando chocamos porque ella se empeña en hacerme saber su punto de vista TODO el tiempo. No lo hace con mala intención, al contrario, pero debería entender (después de tantas discusiones) que no es un proceso sencillo, menos para mí porque la rutina es anormal y me cuesta mantener un equilibrio entre un día y el otro sin horarios fijos. A mí también me gustaría estar en mi peso ideal pero bueno, no puedo torturarme tampoco porque viviría frustrada y tampoco es la idea. En esta sociedad es un problema no ser flaca, pero si encima de eso le sumas presión y disgustos vas a vivir desgraciada. Yo no quiero eso, por eso trato de no hacerme demasiado problema.

Ella no lo entiende, así como en su momento mi abuela no lo entendía y mi mamá se quejaba. Hay un estigma familiar que te persigue toda la vida, y eso de lo que nos quejamos de nuestros padres es lo que terminaremos haciendo con nuestros hijos. Mi mamá se quejaba de que mi abuela la jodía con el peso, y yo me quejo de que ella hace lo mismo conmigo. Creo que mi mamá y mi abuela no tienen la mejor de las relaciones porque en el fondo están hechas de la misma madera, son iguales y les cuesta reconocerlo, aunque mi mamá es más abierta y flexible también tiene sus mañas, y mi papá se queja de que mi abuelo es muy permisivo con mi abuela pero él, en el fondo, es igual con mi mamá.

Se apañan, se pelean, y al final del día siempre están juntos. Mi papá es el escape que tengo cuando sé que mi mamá no me va a tomar en serio, es ese apoyo incondicional que confía en mis capacidades mucho más que yo misma, y aunque tiene una personalidad fuerte y un carácter igual, yo soy un fiel reflejo suyo y nos llevamos bien. Mi mamá es maricona, llora por todo, ahora que está grande más todavía, y mi papá es menos sensible aunque no por eso no siente las cosas, pero lo entiendo porque alguien tiene que ser el fuerte.

Para mamá soy como un psicólogo, toda la vida fue así, hablamos mucho y de todo un poco, compartimos gustos y cuando no me jode con el tema dieta la pasamos muy bien. Somos compinches y disfrutamos muchos la una de la otra, yo sé que a ella le costó mucho más que a mí la separación cuando tuve que empezar la universidad, no había día sin que me mande un mensaje o me llame por teléfono, nos extrañamos y cuando estamos juntas peleamos, pero no podemos estar mucho tiempo enojadas porque necesitamos la una de la otra. A veces mamá es un poco pesada y en el afán de querer saber de mí se pone un poco densa, si un día no la llamo se siente abandonada. Con mi hermano no es así, me acuerdo que él podía llamar una vez por semana que estaba todo bien, ahora si yo no me comunico seguido piensa que fui secuestrada por ovnis.

Mi hermano tiene un carácter especial, es nervioso como mi abuelo pero le gusta hablar como a mi papá, no se mete en los problemas familiares si no es para poner paño frío y un toque de humor al asunto, nunca asume un bando, siempre es neutral. Yo, por el contrario, siempre me pongo del lado que considero más justo, no me callo nada, trato de poner paño frío pero sé cuándo hay que defender una parte, también soy nerviosa pero trato de mantenerme en eje porque sino descontrolo, y al igual que mi papá puedo ser extremadamente racional.

Jorgito y yo somos la perfecta combinación del carácter de mamá y papá. Él es más como mi mamá, que prefiere callarse y mirar, habla sólo cuando es necesario pero esas palabras son las justas. Yo soy mas como mi papá, pienso lo que digo y digo lo que siento, opino siempre que considero que sea lo justo y a veces hablo de más. Mi hermano no es tan maricón como mi mamá y yo no soy tan ceremoniosa como mi papá, somos como su versión mejorada.

Mi hermano y yo compartimos pasiones forjadas desde chiquitos, él con los aviones y yo con el arte. Por alguna extraña razón mi hermano siempre adoró los aviones, es de esas personas que un domingo a la madrugada es capaz de ir a Ezeiza con lluvia sólo porque aterriza o despega un avión nuevo. En mi caso desde chica me llevaron al teatro, a los 3 años ya amaba a Julio Bocca y a los 8 empezó mi fanatismo por los musicales. Ambos amamos con locura lo que nos gusta, él puede dar cátedra de aviones así como yo de musicales, si nos dan cuerda en lo nuestro es muy difícil frenarnos y ambos hacemos sacrificios para poder darnos los gustos que queremos.

Nos entendemos por eso. Cuando éramos más chicos nos vivíamos peleando, pero al final nos extrañábamos. Nunca vivimos juntos sino hasta mis 17 años que debí mudarme con él, no fue fácil al principio pero nos adaptamos. Cuando era chico él fue al Liceo Aeronáutico Militar y vivía de lunes a viernes en Funes, como nos llevamos 10 años no recuerdo que hayamos jugado mucho de chicos, de hecho cuando él volvía a casa lo único que hacía era dormir y salir con sus amigos, a mí ni bola. El poco rato que estábamos juntos era para pelear, y cuando llegaba la hora en la que él se tenía que ir yo siempre terminaba llorando. Ambos fuimos hijos únicos en su momento y aprendimos a ser hermanos de grandes.

Siempre fuimos como el agua y el aceite, a mi hermano le costó “encontrar el camino” y dejó varias carreras hasta llegar a la suya, mientras que mis notas siempre fueron muy buenas y nunca me llevé ninguna materia. Yo siempre supe lo qué quería, de chica hice de todo: danza, natación, inglés, portugués, coro, actuación, aquagym, gimnasia, canto. Me conocían en toda la ciudad no sólo por ser “hija de” sino porque estaba prácticamente en todos lados, mi mamá tenía que hacer malabares para llevarme a mis actividades, y yo en vez de bajar la energía siempre tuve pilas para todo. La condición para hacer las cosas que me gustaban era no descuidar la escuela, así que sin ayuda de nadie mantuve mis calificaciones en orden y sólo una vez le pedí a mi mamá que fuera a hablar con la profesora de matemáticas porque no me estaba yendo bien.

Para mis papás siempre fui la antítesis de mi hermano, responsable y educada, mientras que él después de los 18 tuvo unos años de ser un tiro al aire. Siempre quise ser mejor que él, que todos estuvieran orgullosos de mí, principalmente para ganar un poco del cariño que mi abuela le tenía en demasía. Fue tonto pensar que por tener mejores notas mi abuela me iba a querer más, si hubiera sabido que sólo era cuestión de tiempo que ella se iba a dar cuenta de quién realmente soy… Pero uno aprende las cosas con los años, y hoy puedo decir que las diferencias que notaba cuando era más chica ya no las noto, el cariño se reparte por igual.

Afortunadamente mis papás nunca hicieron diferencia entre nosotros, yo tampoco nunca lo permití. El hecho de tener 10 años de ventaja respecto de Jorgito me ayudó a hacerme valer en mis cosas, ellos siempre fueron conscientes de la diferencia que hacía mi abuela por lo que trataron de evitarla a toda costa de su parte, y aunque siempre me ponían de ejemplo ante Jorgito nunca le dieron menos que a mí o viceversa. Los sacrificios que hicieron por ambos fueron en igual medida para cada uno, los dos tuvimos las mismas oportunidades, a ninguno se nos negó nada.

La única diferencia que hacen entre él y yo es que, siendo él hombre y yo mujer los regalos no son los mismos y la forma de hablarnos, a veces, tampoco. Jorgito es un poco más inconsciente y yo soy demasiado racional, él ya tiene todo lo que podría haber soñado, una familia propia por la que luchar, ahora lo único que le falta es el título. Yo tengo el título pero nada más, mi familia siguen siendo mis padres y con 21 años el futuro es todo mío, nada me ata, no lucho por nadie más que por mí.

Somos una familia como cualquier otra, con nuestras peleas, con nuestros recuerdos, somos excéntricos en varios aspectos, tenemos nuestros secretos. Hay algo que siempre fue tabú y que, dada la época que vivió nuestro país, tenemos prohibido contar a desconocidos. El miedo de épocas pasadas marcó nuestras vidas, y si bien ya todo está normalizado es mejor prevenir que lamentar. A veces me pregunto qué hubiera sido de mí si hubiera nacido en otro tipo de familia, ¿habría sido diferente? Nunca lo sabré, sólo sé que amo la familia que tengo, que aunque a veces me hacen enojar los quiero por sobre todas las cosas y no los cambiaría ni por todo el oro del mundo.

Agradezco que mis padres me den la libertad de elegir, de ser quien yo quiera ser, que me apoyen a pesar de sus propias convicciones y que siempre tengan los consejos correctos para cada ocasión. Agradezco que no me hayan dejado caer cuando pensé que no podía más, que me hayan ayudado a seguir adelante con mi carrera, y que hoy me ayuden con lo que es el principio del resto de mi vida.

Los padres siempre se imaginan a sus hijos de determinada manera, no sé cómo ellos me habrán imaginado cuando estaba en la panza, probablemente nunca pensaron tener una hija tan exótica como les salí, así que espero que con todas las diferencias estén orgullosos del resultado. No todos los días uno se cruza con una fanática de musicales…

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